Perfectos desconocidos

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Por Rubén Cusati

Ficha técnica

Título original: Perfetti sconosciuti

Año: 2016

Duración: 97 min.

País:  Italia

Director: Paolo Genovese

Guión: Paolo Genovese, Filippo Bologna, Paolo Costella, Paola Mammini, Rolando Ravello

Fotografía: Fabrizio Lucci

Reparto: Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastandrea, Alba Rohrwacher, Kasia Smutniak

Productora: Lotus Productions / Medusa Film

Género: Comedia

 
 

 

Sinopsis

Siete amigos (tres parejas y un soltero) en una cena deciden compartir los mensajes y llamadas que reciban durante la noche en la que hay un eclipse de luna porque ninguno tiene secretos que ocultar

 Premios 
  • 2015: Premios David di Donatello: Mejor película y guión. 9 nominaciones
  • 2016: Festival de Tribeca: Mejor guión en largometraje internacional

Analizar esta película supone un desafío pues además de recibir premios europeos importantes, de filmarse una remake en España dirigida por Alex de la Iglesia, de haber sido distribuida en varios países como Qatar, Francia, Alemania, Suecia y Turquía, ha sido (y es) un éxito de taquilla en Italia y en la Argentina y de haber sido la primera película italiana invitada a su concurso internacional en los quince años de historia del festival de cine de Tribeca (Nueva York), a pesar de todo lo cual no termina de convencernos.

Tres parejas y un hombre solo se reúnen a cenar en una hermosa casa perteneciente a un cirujano plástico y una psicóloga de mediana edad, de clase social económica acomodada con una hija algo rebelde en pleno despertar sexual.

Ya sentados a la mesa y vino mediante, la dueña de casa arremete con la pregunta: ¿Así que ninguno de ustedes tiene un secreto?, a partir de lo cual deciden poner los celulares “abiertos” para que todos se enteren de cualquier comunicación. Todos aceptan presionados por la dueña de casa y porque afirman no tener secretos: el disparador de la historia queda planteado.

Superado el verosímil de la aceptación de tan arriesgado juego cuando se tiene algo que esconder, no es difícil imaginar que se reiterarán mentiras y ocultamientos que aflorarán desde la cajita negra (como la llama la dueña de casa) que posee almacenados todos los secretos, la vida de cada uno y ocultan una doble vida que, una vez descubierta,  deriva en un infierno de mentiras, farsas y decepciones: hipocresías, tabúes y la imposibilidad del conocimiento del otro. Nadie sobrevive a la verdad pese a que todos los comensales manifiestan al comienzo “soy de verdad”. Repetimos que no hay mayor mentira que la verdad…

Si bien el comienzo es sumamente agradable en tono de comedia liviana, cuando los celulares se activan y llegan las comunicaciones el tono vira hacia el drama en cada pareja y también entre componentes de distintas parejas y la pregunta que permanece es ¿conocemos realmente a la persona que tenemos al lado o nos resultan perfectos desconocidos?  

La tensión va creciendo pasando de la superficialidad y el chiste fácil del inicio a los secretos más oscuros y dolorosos y, a los postres, queda claro que todos tienen algo que esconder.

Todo se apoya en el guión, en diálogos “inteligentes” de nada menos que cinco guionistas y se barren todos los temas que puedan imaginarse: la paternidad, el cuidado de los adultos mayores, la traición, la amistad, la adolescencia, el sexo, los embarazos, la homosexualidad, la infidelidad, los equívocos, etc.

La trama está atravesada por la metáfora del eclipse lunar durante el cual la Tierra se interpone a los rayos del Sol y la Luna queda en un cono de sombra: su brillo desaparece en ese lapso y muchas cosas ocultas pueden salir a la luz.

En el filme prácticamente no hay exteriores y el Interior es único, la cocina y el comedor.  Esto es muy buscado por los productores-inversores porque achica costos si bien no permite resaltar valores cinematográficos visuales. Además,  el espacio no es utilizado como elemento dramático que influya o determine partes de la historia como sí sucediera con la excelente 12 hombres en pugna, de Sidney Lumet ,con parecido escenográfico pues los doce, que constituyen el Jurado de un juicio penal, discuten alrededor de una mesa encerrados en un ambiente. En ese gran filme (que también tuvo una remake rusa) se “salía” del ambiente porque venía tormenta, por el calor asfixiante, por el baño y, lo mejor, por los dibujos de la escena del crimen que hacía Henry Fonda que era arquitecto. En la película que nos ocupa, sólo salen al balcón para mirar el eclipse.

Por lo tanto, las imágenes son planas y desprovistas de una búsqueda dramática igual que los movimientos de cámara y todo se reduce a la fluidez de los diálogos muy precisos y cuasi televisivos. Los actores, sin sobresalir ninguno y cada uno en el estereotipo que representa con corrección a través de sus vestiduras, gestos y modales, hacen avanzar las peripecias mediante esa precisión pero sin libertad y sin sorpresas que sólo son mérito de los guionistas.

El éxito de la película tiene su fuerte en el argumento y no en el despliegue cinematográfico en cuanto tal.  Y casi arriesgaríamos decir que lo mejor del filme es la premisa sumamente atractiva de la cual se parte..

Las virtudes, sin embargo, que explican en parte el éxito del filme en todas las latitudes radican no sólo en el bajo costo de producción, en la solidez del guión, en los actores, sino fundamentalmente en la actualidad del tema tras el cambio que sufrió la sociedad con la aparición de esta tecnología “casera”: todos (o casi) vivimos esclavos del telefonito y todos (o casi) tenemos algo que ocultar por lo que el filme obliga a una empatía forzosa con alguno de los personajes, sea el engañador o el engañado, aunque ambas características pertenecen a todos. O sea todos son traidores y traicionados.

Una vez que el espectador acepta el contrato de la ficción, lo forzado de su premisa e incluso el exagerado nivel de compromiso con el que los protagonistas se suman al juego, el guión indaga en el interior de cada personaje y revela lo peor de todos manteniendo la expectativa del público de principio a fin.

Otro de las características que explican el éxito, como venimos repitiendo en estas crónicas, es que los personajes pertenecen a la clase media (es la que asiste al cine) y el tratamiento es francamente televisivo haciendo que el espectador medio, consumidor exhaustivo de televisión, se encuentre cómodo y entrenado para su visión.

La historia en su media hora final se transforma en didáctica y “enseña” lecciones morales (no éticas) a sus personajes y al espectador de acuerdo a lo aceptado hoy por la sociedad (y por la TV en general): no sólo tenemos secretos sino que todos somos al menos pecadores, infieles, envidiosos, avaros, desconfiados, engañosos, mentirosos, de uno por lo menos, o todo junto, es decir culpables.

El giro postrero a modo de epílogo que se habilita cuando termina el eclipse, atenta contra la credibilidad del conjunto y de nuevo, se lo rechaza o acepta sin condicionamientos. Estimamos que ese quiebre (por otra parte bien resuelto) con un toque de humor final se debe a que se pretende un final más o menos feliz para que el espectador reflexione acerca de lo visto pero con una sonrisa, alejándose del pathos de las últimas secuencias.

La pregunta persiste: ¿Conocemos realmente a las personas de nuestro entorno íntimo? Y la respuesta es por demás obvia.

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