YO, DANIEL BLAKE

Por Rubén Cusati

Ficha técnica

Título original: I, Daniel Blake

Año: 2016

Duración: 100 min.

País: Reino Unido

Director: Ken Loach

Guión: Paul Laverty

Música: George Fenton

Fotografía: Robbie Ryan

Reparto: Dave Johns, Hayley Squires, Briana Shann, Dylan McKiernan, Kate Rutter, Sharon Percy, Kema Sikazwe, Steven Richens, Amanda Payne

Productora: BBC / BFI / Sixteen Films

Género: Drama | Drama social. Trabajo/empleo. Amistad

 

Sinopsis

Daniel Blake, obrero carpintero de alrededor de 60 años, tiene problemas cardíacos que lo obligan a recurrir a la asistencia social pues sus médicos le prohíben trabajar. Como el trámite por discapacidad se torna tortuoso solicita un subsidio por desempleo pero para obtenerlo se le obliga a buscar empleo. En las oficinas estatales conoce a Katie, una joven madre soltera con dos niños también en situación precaria. Se ayudan mutuamente e intentan salir adelante.

Premios

  • 2016: Festival de Cannes: Palma de Oro
  • 2016: Premios BAFTA: Mejor film británico. 5 nominaciones
  • 2016: Premios Goya: Nominada a Mejor película europea
  • 2016: Premios César: Mejor película extranjera
  • 2016: Premios David di Donatello: Mejor film de la Unión Europea
  • 2016: Premios del Cine Europeo: 4 nominaciones, incluyendo Mejor película
  • 2016: Premios del público en los Festivales de Locarno y San Sebastián

El gran Ken Loach, heredero del mejor cine realista y social  británico, retorna en sus jóvenes 81 años a sus únicos temas casi, los problemas de la clase trabajadora y a los atropellos a los que son sometidos los individuos por parte del Estado y las instituciones.

Su votación como la mejor película en Cannes 2016 y actualmente en cartelera en la Argentina, fue controvertida pues la crítica prefería otras, más arriesgadas, como Elle de Paul Verhoeven, Paterson de Jim Jarmush, las rumanas Sieranevada de Cristian Puiu y Graduación de Cristian Mungiu, Pericles, el oscuro de Stefano Mordini o Aquarius que ya comentamos o comentaremos. También presentaron películas los consagrados Woody Allen, Pedro Almodóvar, Bruno Dumont y los hermanos  Dardenne entre otros.

En su estreno en el Reino Unido (época del primer Ministro Cameron) en cambio tuvo un gran éxito de taquilla a contramano en general de malas opiniones debido a la simpleza de su planteo y a la falta de ambigüedad  o sutileza. Nuestra criterio, y hemos visto todas las que concursaron, coincide con la del Jurado y Loach merecía por segunda vez la Palma de Oro que ya obtuviera con El viento que agita la cebada diez años atrás y con el mismo guionista con el que trabaja desde hace 25 años. Y camina sobre seguro, sin riesgos inútiles, para narrar con eficacia clásica.

Loach es dueño de un estilo depurado y sintético heredero inequívoco de las principales tendencias del cine realista de Europa y, en mayor medida, del cine independiente, que se caracterizaba por su realismo, su inconformismo social, su crítica a la burguesía y a la sociedad, y su acercamiento a seres anónimos sin perder el sentido del humor.

Estimamos que una de las razones del rechazo generalizado de la crítica especializada se debe a que los directores, guionistas y críticos provienen de una clase media acomodada prefieren el desarrollo de los conflictos de esa clase que es la más representada en el cine. Y tienen otra razón: el público que predomina en las salas de cine también pertenece a esa clase.

Otra de sus virtudes que merece destacarse es que no sólo no figura como guionista sino que, según sus declaraciones, filma todo tal cual lo escrito por  su colaborador Paul Laverty. Loach no necesita llevarse los laureles del escriba ni tampoco parte de sus honorarios como sucede con casi todos los realizadores, especialmente los argentinos.

“Siempre he trabajado junto con guionistas que quizás sean las personas más importantes en todo proyecto”, según ha declarado. “Necesito guiones bastante firmes y, en líneas generales, lo que se ve en la película es lo que se escribió”.

Reconoce también la influencia del neorrealismo y de su admirado De Sica, el de Ladrones de bicicletas o Umberto D que ya hemos mencionado en artículos anteriores. Cuando en Hollywood, en la década del 70, fue votada la primera de ellas como la mejor del siglo, un productor yanqui siempre preocupado por los costos le preguntó a Don Vittorio cuánto le había costado. 50 mil dólares contestó. ¿Nada más? Insistió el americano. No…, dijo De Sica, y toda la cultura atrás.

Así la simpleza de aquel gran cine italiano que el actual no logra hacer olvidar representa los problemas de los que trabajan amenazados por la desocupación, la falta de asistencia social a los excluidos o discapacitados, las migraciones internas dentro del mismo país, la solidaridad que se deben entre sí los de abajo frente a una maquinaria que ya no es meramente burocrática como sostenía uno de los padres de la sociología, Max Weber, sino que es estructural del sistema económico que posee una absolutamente consciente estrategia de los que mandan: la perversidad del Pan y circo tal como se lee en el excelente libro El fin del trabajo de Jeremy Rifkin

Los personajes tienen una gran humanidad y nos provocan de inmediato una gran empatía, nos conmueven profundamente y acompañamos su rabia e indignación. La clase obrera está peor que décadas atrás y Loach lo muestra

El protagonista actuado por Dave Johns (proveniente del stand up, excelente elección) dice algunas frases que lo ubican exactamente en la clase, por ejemplo a los empleados estatales que lo atienden: “usted deme un terreno y yo le hago una casa”, o “yo arreglo cualquier cosa, menos una computadora”, o cuando explota ante las paradojas kafkianas a las que se lo somete (que repetimos no son errores del sistema sino que son inevitables, verdaderas aporías y con las que nos identificamos rápidamente) y grita calmoso aún “ me quitan la dignidad”.  Muchos de los personajes de los centros de empleo estatales están interpretados por personas que trabajan en ellos en la vida real.

Uno de los grandes éxitos en la carrera de Loach, Riff Raff de 1991 se resume con la frase “es una película sobre la gente que construye las casas y que no tiene una casa donde vivir.”

¿Por qué se le teme y denuesta al arte político, al eventual mensaje, a la bajada de línea, cuando el Poder de manera constante lo hace de una manera descarada? Loach no se regodea buscando la lástima de sus personajes sino que su película es “real” y conmueve a los que la miran con honestidad. O de otra manera deberemos pensar que en este mismo momento no existen millones de personas que sufren hambre o pierden cada día algo de dignidad o son humilladas por el Estado. Ya no hay quien filme películas como ésta, desgraciadamente.

Los protagonistas destilan humanidad, calidez y humor a pesar de las adversidades,  allí está la verdad; detrás de ellos hay personas.

El arraigo de Loach al país que conoce, el suyo, se nota en su extensa filmografía en la que sólo tres veces lo abandonó: fue a Irlanda en momentos decisivos de la lucha por la independencia (El viento que agita la cebada), a España (Tierra y Libertad) durante la guerra civil o a Nicaragua (La canción de Carla) con el terrorismo estadounidense en Latinoamérica.

Los problemas cardíacos de Daniel Blake lo obligan a pedir un subsidio por discapacidad pero se lo niegan. Le aconsejan que pida otro por desempleo pero con la obligación de buscar trabajo. Cuando lo consigue debe rechazarlo porque no puede trabajar. Y así continúa absurdamente en un proceso que aventurara Kafka en el siglo pasado. Durante esos trámites conoce a Katie (Hayley Squires), joven madre soltera de dos hijos con la que traba amistad. Ella ha debido abandonar Londres y radicarse en Newcastle (a 400 km) por razones del costo de los alquileres (otra forma concreta de exclusión) y también busca trabajo y subsidios.

Surge primero una comunicación entre ambos y luego una ayuda y sostén mutuo. Katie tiene necesidad de alguien como Daniel y viceversa. De alguna manera se apoyan, se necesitan. Y aprenden del otro y con el otro.

Blake (y también Katie) rebotarán con maltrato de oficina en oficina (cuando una empleada intenta ayudar a Blake con Internet para llenar una solicitud es amonestada por la jefa porque no lo permiten las reglas), sin solución para sus problemas  hasta llegar a vivir gracias a la caridad.

Con Yo, Daniel Blake,  Loach obliga a que el espectador sienta y se emocione a diferencia de lo que pretendía Beckett con el “distanciamiento”, criterio que también valoramos desde el punto de vista opuesto.

En los funcionarios se agita un sentimiento de sospecha con la persona que solicita una ayuda (jubilados, discapacitados, pobres en general) que da origen a la humillación aumentada hoy por la brecha digital, todo se hace por Internet, que lleva a los personajes hacia la angustia, nada se hace con un lápiz y un papel.

Al principio, aún hay esperanzas de que Blake recupere su normalidad, unos meses de reposo, medicación y ejercicios físicos pero luego se pone en marcha la maquinaria inevitable de la globalización: los Estados se achican, los impuestos para los más ricos también, los servicios médicos y la ayuda social disminuyen desapareciendo el Estado de Bienestar. El pobre se debe cuidar a sí mismo y no tiene ni el cómo ni con qué.

Luego de la pérdida de derechos de la clase trabajadora  durante el thatcherismo, Loach sostiene que ahora la situación es mucho peor pues el sistema económico continúa desarrollándose y son las grandes compañías multinacionales las que hacen todo, desde los servicios de salud hasta el transporte y desde la eliminación de residuos a la seguridad en las prisiones. Al competir entre sí, estas corporaciones reducen los salarios y los alcances de los sistemas de seguridad social, porque quieren trabajos baratos para poder así obtener más contratos y con ellos más concentración de los recursos.

Como Blake en el film, que a los tropezones tiene que aprender a lidiar con una PC de escritorio, Loach no tuvo más opción que rendirse y entregarse a la imparable fuerza de los nuevos tiempos. Él prefiere el fílmico (todavía se consigue algo de película para filmar) pero la edición tuvo que hacerla digitalmente.

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