Borges y yo

Casi todo gran escritor (artista en general) tiene pocas obsesiones que circulan en su vida. Los espejos, el OTRO (variante del doble) son temas comunes a grandes narradores (Cortázar por ejemplo). Borges los trata con maestría tanto en verso como en prosa y le producen horror pues ambas son realidades «ilusorias». Los otros temas han sido los tigres y felinos, los laberintos, el tiempo y el infinito. En un principio fueron los guapos cuchilleros y el honor, coraje, valentía del arrabal. Después se transcribe un comentario también ficcional de Miguel Angel Morelli.

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. 

Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

El hacedor (1960)

Los Espejos

Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

sino ante el agua especular que imita
el otro azul en su profundo cielo
que a veces raya el ilusorio vuelo
del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
del ébano sutil cuya tersura
repite como un sueño la blancura
de un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
años de errar bajo la varia luna,
me pregunto qué azar de la fortuna
hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
espejo de caoba que en la bruma
de su rojo crepúsculo disfuma
ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
ejecutores de un antiguo pacto,
multiplicar el mundo como el acto
generativo, insomnes y fatales.

Prolonga este vano mundo incierto
en su vertiginosa telaraña;
a veces en la tarde los empaña
el Hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
en esos gabinetes cristalinos
donde, como fantásticos rabinos,
leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
no sintió que era un sueño hasta aquel día
en que un actor mimó su felonía
con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio
orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
en toda esa inasible arquitectura
que edifica la luz con la tersura
del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso no alarman.

Jorge Luis Borges
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Espejos

Espejos

– Buenos días –dijo Borges apenas abrió la puerta.
– Buenos días –le respondió el otro-. ¿Está el señor Borges? Tengo cita con él a las cuatro y cuarenta y cinco.
– Un momento, por favor –dijo Borges-. ¿A quién debo anunciar?
– Mi apellido es Borges.
Borges dio media vuelta y se hundió en la penumbra. Al rato regresó:
– Dice el señor Borges que pase –señaló Borges-. Sígame por favor.

Los dos hombres avanzaron por el pasillo, un estrecho corredor flanqueado por estanterías que iban desde el piso hasta el techo, repletas de libros. Caminaron unos treinta pasos y al llegar al final doblaron a la derecha: otro pasillo, ahora de unos veinticinco pasos y tapizado también con libros,. Volvieron a doblar a la derecha y tomaron un tercer pasillo (¿o acaso era siempre el mismo?), esta vez de unos veinte pasos de largo. Finalmente, Borges se detuvo y llamó con tres toquecitos suaves.
– Si –dijo la voz inconfundible de Borges desde el otro lado de la puerta.
– Aquí está el señor Borges –anunció Borges.
– Que pase, por favor.
El visitante entró. Borges, entonces, regresó a sus asuntos: tarareando una vieja milonga, pasó el plumero sobre algunos de los estantes más altos, quitó varios libros de su lugar (que acercó a la nariz como tratando de descifrarles el título), volvió a ubicarlos en los anaqueles y hasta se demoró en alterar levemente el orden de algunas hileras.
Desde el cuarto le llegaban, nítidas, las voces de los dos hombres. Al cabo de un rato, sin embargo, el diálogo cesó y el recién venido apareció en el pasillo:
– La luz, que de por sí era mínima, finalmente se ha apagado –le dijo-, y el señor Borges no me contesta. Temo que haya desaparecido en la oscuridad.
Borges hizo a un lado los elementos de limpieza y desde el umbral, a tientas, accionó una tecla. Efectivamente, Borges había desaparecido.
– Bien, entiendo que el señor ya le había explicado que su tarea consistirá en mantener ordenada la biblioteca –aclaró-. La cuestión parece sencilla, pero no lo es en absoluto. Una biblioteca es un cosmos, y como todos cosmos, tiende al caos.
Después, casi con resignación, Borges le fue dando el plumero, la gamuza, los gruesos anteojos, y al cabo de un instante en el que pareció vacilar se introdujo en el cuarto. La puerta, al cerrarse, hizo un chirrido agudo.
– ¿Por dónde empiezo, señor? –preguntó Borges.
– Por la A, naturalmente –contestó la voz inconfundible de Borges desde el otro lado.
Miguel Angel Morelli
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Diego Bianco