Cuentos cortos

Temida oscuridad

James McNeill Whistler

Abro los ojos y lo que veo es espantoso,la visión menos deseada, tan horriblemente temida que es paralizante, un sudor frío comienza a correr por mi frente,un silencio ensordecedor retumba en mis oídos, que significa este aislamiento, esta terrible oscuridad, tan profunda, no se filtra ni la más mínima e insignificante luz, no se oye nada!! El miedo recorre a sus anchas mi cuerpo de la cabeza a los pies y viceversa, tiemblo como un ventanal que resiste al viento, la perturbación, me lleva a imaginar a los gusanos avanzando en búsqueda del trofeo carnal, el aire comienza a faltar, me cuesta respirar, cuanto tiempo me queda, que esperanza tengo de sobrevivir a este entierro, siempre le temí al fuego en el final, pero esto es tan terrible como aquello, la desesperación me invade no puedo detenerla, de donde saldrá la mano salvadora, mi garganta esta reseca, lloro y me resigno a mi destino, no hay para que luchar, aquí estoy solo a dos metros de profundidad lejos de todo y todos y de pronto el despertador.

 

La casa abandonada

Carlos entro en aquella vieja casa y se encontró con una caterva de libros, muebles e infinidad de objetos. El ambiente estaba apenas iluminado por la claridad que penetraba a través de la persiana. Sabía que su presencia en ese lugar era una badomia, pero necesitaba limpiar ese baldón, que tanto le pesaba, que abaldonaba su honor y su nombre, él no era un cobarde. Atravesando un pasillo llegó a una desvencijada escalera, al subir algo le llamo la atención, en el centro de la sala había una estatua de un indio sosteniendo una lanza apuntada al cielo, continúo subiendo y un vagido sonó de pronto en el piso superior y tras él tres campanadas que paralizaron su corazón, siguió escalando y al llegar su cabeza a la altura del ultimo peldaño una rata salto sobre su hombro provocando que se tambaleara y rodase hasta el pie de la escalera, paso un rato hasta que pudo levantarse y volver a intentar el ascenso, volvió a sonar el vagido al promediar los peldaños y corrió hasta arriba, la suciedad, las telarañas y el crujir de los viejos pisos de madera daba a la casa un aspecto fantasmal, los retratos de aquellos personajes de antaño colgados en las paredes parecían vigilar sus movimientos, mientras dos ratas se paseaban sobre una viga. Caminaba de un lado a otro buscando sin saber qué, entro en una habitación, prácticamente a oscuras, apenas se podía distinguir una cama, un pequeño escritorio y varios objetos tirados por el piso, siguió su recorrido y dos puertas más adelante llegó a un cuarto, donde solo había una cuna vacía meciéndose iluminada por un rayo de luz que le caía directamente y de la cual partían los vagidos cada vez más desgarradores, comenzó a correr, a huir de ese lugar, el miedo se apodero de su ser, erró varias veces el camino teniendo que volver sobre sus pasos, el piso cada vez mas ruinoso crujía con mas fuerza bajo sus pies, las telarañas, la suciedad, las ratas todo pasaba rápidamente frente a sus ojos, corría con desesperación, el piso ya vencido cedió bajo sus fuertes pisadas. Carlos cayó al vacío quedando suspendido en la punta de la lanza que atravesó su pecho, la sangre dio al indígena un renovado color purpura.

Por Enrique Daniel
Enrique M. Daniel nacido el 1 de agosto de 1957 en la ciudad de Buenos Aires,desde joven sintió atracción por el dibujo y la pintura, el juego con los colores siempre estuvo presente en su vida, también experimentó curiosidad por el teatro y así fue como paso por la escuela de Alejandra Boero allá por el año 1981, luego vivió en el exterior, los kibutzim de Israel contaron con su presencia, donde trabajo en distintas ramas laborales, agricultura, ganadería e industria, hoy en día continua jugando con los colores y también intenta abrirse paso con las letras. ¿Será este un nuevo camino exitoso? El tiempo y la experiencia lo dirán, aquí van algunos de sus primeros cuentos.
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