La carrera del adiós (cuento)

No estamos preparados para perder, absolutamente nada, en ningún ámbito de la vida.

Vivimos corriendo maratones, no nos prepararon para detenernos, no nos enseñaron que también se pierde, donde se corre la carrera de la soledad, del olvido, de la tristeza, y la que más importa, la del adiós. Pero, ¿cuándo empieza esa carrera, cómo me preparo, qué debo comer, cuántas horas debo dormir, cuántas horas debo entrenarme, cuántas lágrimas tengo permitidas, cuál es el límite para no desplomarme a la mitad y resistir hasta la llegada?

Si me hubieras dicho que te estabas yendo, te hubiera cantado una canción, te hubiera peinado, te hubiera llevado la comida a la cama, te hubiera abrazado durante horas, hubiera guardado en un frasco tu olor, tu suavidad, tu voz, te hubiera fotografiado en cada gesto.

Si alguien me hubiera dicho que quedaba poco para la largada, me hubiese preparado más, porque no estaba lista.

Pero no, ¡nadie me avisó! Cuando me di cuenta ya estaba calentando los músculos cerca de la línea de partida, el corazón bombeaba y no recibía oxigeno, no había más tiempo, alcancé a susurrar: ¡te amo! y luego dos palabras sonaron como un disparo: ¡se fue!, y entonces se desató una tormenta, fue un 2 de octubre, y comenzó la carrera.

¿Cuáles son las reglas? ¿A quién le pregunto? ¿Qué está bien y que no? Cuando tenga mi primera relación, ¿y si tengo miedo? ¿Cómo hago mi torta de cumpleaños? Voy a cumplir quince, ¿qué vestido elijo? ¿Y cuando me gradúe, y en mi casamiento, y en mis próximos cumpleaños? Me enseñaste a afrontar la vida, me armaste para batallar, pero olvidaste mencionar algo importante: ¡que no estarías! porque lo sabías…

El primer tramo pareció liviano, acomodé el aire y las respiraciones, me llevaba el viento, casi en estado de ausencia. Ya entrando al segundo mes entendí que no era un imaginario, era real, estaba corriendo, al parecer sin rumbo, pero había que seguir, había que llegar, ¿pero cómo? Miré a mi costado, no era la única, había más como yo. Un poco más adelante se escuchaban cánticos alentadores que estaban preparados para sostener mi mano, aunque fuera por algunos metros.

El correr me hizo crecer, me hizo más fuerte, desarrollé el músculo de la memoria, pude albergar recuerdos felices. Hace diez años que corro la carrera del adiós, la que no tiene llegada, la que termina en un hasta pronto y vuelve a empezar.

Quizás, algún día alguien correrá por mí y entonces le habré enseñado, como lo hizo ella. La carrera del adiós me mostró por fin, cómo caminar segura bajo el sol radiante o en medio de las tormentas de la vida, feliz y auténtica, hacia mi propia muerte.

Aldayde Arechua

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Raul Avila