Papa Francisco – Heidegger

Hay un cierto paralelismo entre los temas centrales de la filosofía de Heidegger y el pensamiento de Francisco expresado en su segunda encíclica. Claro está que son distintos los abordajes y también las conclusiones.

Heidegger, el filósofo quizás más importante del siglo pasado, distinguió entre el ser y el ente (la cosa) El eje central de la filosofía de Heidegger es volver a formular la pregunta por el Ser. Y el hombre es el ser (el único) que se interroga acerca del Ser. Es el ser capaz de reflexionar sobre su propio ser y sobre el ser-en-general.

El hombre común se descubre huyendo constantemente de sí mismo, de un temor que lo agobia. Se fuga de sí mismo transformándose en el cualquiera anónimo. El hombre que no es auténtico es el que se encuentra absorbido por las cosas que absorben a cualquiera (la TV basura, los periódicos que mienten, los deportes masivos, el aparente dominio de la tecnología, etc.) y termina por interpretarse a sí mismo como una cosa entre otras: un ente, un no-ser.

El temor no encuentra su origen en un objeto determinado y definido (a diferencia del miedo que sí lo tiene). El hombre teme al mundo como tal y trata de escapar refugiándose en el ser uno-como-muchos. Su ser, su existencia se vuelve inauténtica, un proyecto inacabado, su ser como posibilidad y esta posibilidad es la muerte.

Todo temor, entonces, es temor a la muerte. Pero la muerte es parte constitutiva de la vida del ser del hombre. El hombre desde que nace comienza a morir, comienza a vivir con la muerte. Tan pronto como el hombre viene a la vida ya es lo suficientemente viejo para morir. Sin embargo trata de huir en el anonimato del uno como muchos y de esta manera huye de la posibilidad más propia de su existencia, su propia muerte.

La muerte tiene que ver por tanto con la libertad del hombre, ya que la libertad de ser auténticamente uno mismo se revela en el temor como libertad-para-la-muerte. La amenaza de la muerte no nace del cuándo llegará, sino que nace del no-cubrimiento del hombre en tanto que corre delante de sí.

O sea que para que el hombre sea libre es necesario que sea consciente de su finitud, del fin de sus posibilidades, de su ser para la muerte. De esta manera se conducirá por la vida de otra forma, de una forma auténtica y libre, y no diluido en el uno como muchos, impersonal e inauténtico.

De igual forma, Francisco nos habla del miedo (que no distingue del temor como sí lo hace Heidegger) y del momento crítico que vivimos y nos conmina a mirar con suficiente fortaleza lo profundo de la existencia (nuestra propia muerte) con el fin de lograr el verdadero sentido de estar vivo y de proteger la vida en toda su amplitud, la salud de uno y la de todo ser vivo.

El otro punto insoslayable de contacto entre ambos es la tecnología-naturaleza, punto central de la encíclica de Francisco quien amplía sus ideas  y la deriva  hacia lo político.

Para Heidegger, el dispositivo tecnológico que hace funcionar el mundo es un instrumento que no manejamos. El peligro mayor es que nuestra vida se extinga y vaya pasando como el tiempo pasa con la imposibilidad de pensarnos para qué vivimos.

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Camino del campo

Todo funciona y eso es precisamente lo peligroso, la técnica arranca al hombre de la tierra, lo desarraiga.

Para los griegos la naturaleza era un objeto para ser admirado pero hoy es un instrumento para ser explotado, no la preservamos, preservamos un negocio. La técnica nos domina y agrega: no usar a la humanidad como medio para un fin sino como fin en sí misma.

 Luego de la guerra sus escritos retornan a la infancia, a la poesía (Holderlin) y a lo bucólico alejado de toda complejidad tecnológica: el sendero del campo ayudaba, pues guiaba el pie en lo sinuoso, a través de la amplitud de la sobria campiña”…”crecer es abrirse a la amplitud del cielo y estar arraigado en la oscuridad de la tierra, que todo lo sólidamente acabado prospera sólo cuando el hombre es de igual manera ambas cosas: dispuesto a la exigencia del cielo supremo y amparado en la protección de la tierra sustentadora”.

 Para concluir:

 “Cuando el hombre no está en el orden del buen consejo del camino del campo, trata en vano de ordenar el globo terráqueo con sus planes. Amenaza el peligro que los hombres de hoy permanezcan sordos a su lenguaje. A sus oídos llega sólo el ruido de los aparatos que toman por la voz de Dios. El hombre deviene así distraído y sin camino. Al distraído lo sencillo le parece uniforme. Lo uniforme harta. Los hastiados encuentran solo lo indistinto. Lo sencillo escapó. Su quieta fuerza está agotada”.

por Mónica Muiño Crespo

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