Rams (carneros)

Por Rubén Cusati

Ficha técnica

Título original: Hrútar (Rams)

Año: 2015

Duración: 93 min.

País:  Islandia

Director: Grímur Hákonarson

Guión: Grímur Hákonarson

Música: Atli Örvarsson

Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen

Reparto: Sigurður Sigurjónsson, Theodór Júlíusson, Charlotte Bøving, Jon Benonysson, Gunnar Jónsson, Þorleifur Einarsson, Sveinn Ólafur Gunnarsson, Ingrid Jónsdóttir, Jörundur Ragnarsson, Viktor Már Bjarnason, Jónas Sen, Jenný Lára Arnórsdóttir

Productora: Coproducción Islandia-Dinamarca-Noruega-Polonia; Aeroplan Film / Film Farms / Netop Films / Profile Pictures

Género: Drama Hermanos Vida rural

 
 

 

Sinopsis

En un valle de Islandia desolado, dos hermanos que no se hablan desde hace cuarenta años deberán unir fuerzas para salvar su bien más preciado: su rebaño de carneros.

 Premios 
  • 2015: Festival de Cannes: Mejor película («Un Certain Regard»)
  • 2015: Premios del Cine Europeo: Nominada a Mejor película
  • 2015: Festival de Valladolid – Seminci: Espiga de Oro (Mejor película)

Trailer:

 

A partir del siglo XXI el cine (y la TV) islandés comenzó a verse en las pantallas argentinas aunque de manera por demás esporádica. Ello ocurrió debido a que en los festivales de mayor importancia aparecieron directores de valía que obtuvieron diversos premios que alertaron sobre su calidad. Véase 101 Reykjavík (2000) de Baltasar Kormákur (radicado luego en USA) con Victoria Abril.

En la TV, donde se han refugiado las grandes producciones de policiales, thrillers y aventuras se acoplaron al éxito rotundo de las series nórdicas que definieron distintas formas de narrar que recién ahora USA ha comenzado a imitar. Véase por ejemplo Trapped (2015).

 Por desgracia, muchos de los talentos son tentados por Hollywood y pierden la posibilidad de continuar creando con libertad en el cine independiente presionados por los grandes estudios. No debemos olvidar que Islandia posee una población de poco más de 300.000 habitantes y tiene una producción fílmica escasa. Igual ocurrió con grandes realizadores australianos de las décadas del ´70 y ´80 como Peter Weir o Ted Kotcheff, este último autor de la estupenda Wake in Fright de 1971 que luego dirigió en USA películas de menor importancia sin alcanzar nunca más la calidad de aquella.

La innovación de los realizadores islandeses no está en los temas que abarcan que ya han sido transitados y fatigados por Occidente: la familia, el despertar adolescente, las drogas, el alcohol, el odio entre hermanos, conflicto padre-hijo, etc., que por otra parte ya han sido codificados por los libros de texto de enseñanza de cómo redactar un guión. Algún autor define sólo 14 temas sobre los cuales se puede escribir y otro establece una desagregación máxima de 64 temas. El conflicto entre hermanos por ejemplo se vio desarrollado en un gran filme de Ken Loach, ganador de Cannes en 2006, El viento que agita la cebada, mucho más complejo que  Rams.

 Lo distinto en el cine de Islandia está en el tratamiento de esos mismo temas en un ambiente de abrumadora desolación que acompaña el laconismo de los personajes, la sequedad de su carácter y la violencia que no puede enmascararse. Uno de los aciertos del cine islandés es que las historias se desarrollan siempre alejadas de Reykjavik o de los ambientes urbanos. Y en ese paisaje y clima el otro protagonista permanentemente presente, acechando, son el frío, la nieve y las tormentas que tienen participación decisiva en este filme que estamos comentando.

Otro elemento distintivo a considerar en esta filmografía es la relación tan estrecha que tienen los personajes con los animales y que en Rams se lleva a la máxima expresividad y que tiene que ver con la vida del hombre en un ambiente tan hostil.

 Otra de las características que se repite es que la duración de las películas es reducida. Por ejemplo Rams dura, si limpiamos los créditos, unos 84 minutos, duración tal como la pregona el finlandés Aki Kaurismaki cuyos ambientes nórdicos son parecidos a Islandia. Esto va de la mano de las pocas palabras, los conflictos fuertes, la parsimonia en el ritmo, los planos largos que de otra forma aburrirían al espectador. Y una razón adicional: los costos de producción pues no cuesta igual una película de 3 horas que una de una hora y media.

En Rams (Carneros) dos hermanos sexagenarios sin mujer al lado, tienen sus fincas contiguas separadas por un alambrado de apenas medio metro de altura. No se hablan desde hace 40 años y crían ovejas de un linaje único que son su propia vida en un valle imponente y desolado de Islandia.

Las ovejas son el eje de la economía del lugar pero para los hermanos son aún mucho más, más allá de la economía o del sustento: la razón de su vivir. El único contacto entre ambos se establece intermediado por un perro pastor que lleva y trae los mensajes.

Luego de perder el Concurso anual, uno de ellos, Gummi, descubre y denuncia que el carnero ganador que pertenece a su hermano padece de una enfermedad neurológica degenerativa, contagiosa e incurable (similar a la llamada “mal de la vaca loca”) y los servicios veterinarios obligan a la matanza de todos los animales que pudieron haber sido contagiados entre los que están los de ambos hermanos.

Es un relato minimalista sin temas subalternos, solo con el conflicto de dos personas que se odian entre sí tanto como aman a sus ovejas, viven mimetizados en ellas. Para colmo las ovejas de los dos hermanos son las únicas del linaje prestigioso heredado de sus padres.

Uno de ellos, Kitti, el mayor, trata de resistir la matanza con violencia y luego se vuelca al alcohol, agrediendo a escopetazos al otro, Gummi, quien en cambio tiene otra estrategia de resistencia para enfrentar el desastre: la dignidad de su carnero. El punto de vista que sigue el relato es justamente el del inteligente Gummi, el de mayor interés.

Otros ganaderos, más mediocres, simplemente huyen y convalidan los atropellos o esconden su cabeza evitando el conflicto abandonando la región y la actividad.

El invierno avanza y con él los problemas hasta que Kitti descubre la estratagema de Gummi y ambos hermanos se unen al tener un enemigo común a la manera martinfierrista.

El guión es un cuento clásico (no una novela) no exento de humor (un tractor haciendo de ambulancia, por ejemplo) en un ambiente justo para el desarrollo de una profunda humanidad y de las pasiones en juego que van  revelando también cuál fue el origen de la rivalidad.

Las pocas palabras son una de las virtudes del filme y es una de las marcas del actual cine islandés junto a la importancia que se le otorga a los animales: en 2013 la excelente De caballos y hombres (Benedikt Erlingsson) tuvo muchos  premios y en 2015, Sparrows (Rúnar Rúnarsson, 2015) se alzó con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián.

Y no se trata sólo de la importancia de los animales en la vida de los hombres sino en demostrar con sutiles comentarios visuales la animalidad de los hombres, pequeñas criaturas frágiles sometidas a las fuerzas de la Naturaleza en un entorno tan inmenso que abruma. Así se sigue a grandes filósofos contemporáneos como Giorgio Agamben (Lo abierto) que estudian la relación entre hombre, entorno animal y sus respectivos universos: la naturaleza y la dignidad humana se requieren mutuamente. La compasión y empatía con los otros animales es el único camino de nuestra supervivencia.

La rivalidad se da en un contexto en el que las palabras sobran, no tienen necesidad de existir y son las actitudes de cada uno las que marcan el distanciamiento colmado de odio entre la paciente calma del amable Gummi y el violencia sanguínea e irreflexiva de Kitti.

La vida de los barbados hermanos no es tan distinta a la de las ovejas y carneros que crían. Todo se confunde, la existencia de unos depende de la existencia de los otros y el amor y la ternura circulan entre bestias y hombres,  no entre los humanos.

También parece haber una cierta analogía entre el exterminio del linaje de las ovejas y el linaje del clan de los hermanos (sin descendencia) ante la desinterés de las políticas de uniformidad social y cultural alentada por el Estado que requiere otro tipo de trabajadores.

La inminente masacre implica para los propios pastores la firma de su sentencia de muerte, y más profundamente la pérdida absoluta del sentido de sus vidas, motivo por el cual cada uno procurará resistir para dilatar el momento o directamente desobedecer la ley, rebelarse ateniéndose a las consecuencias.

En el marco de una narración tan austera como el estilo de la filmación, Hákonarson se permite tres o cuatro guiños de humor o extravagancia, como el modo ajustadísimo en que se define la competencia, el baño de un carnero en la casa, un perro pastor que hace de ágil correo entre los hermanos, el uso de una retroexcavadora para recoger a un enfermo indeseable y depositarlo a las puertas de un hospital o la apertura del único portón para salir de ambas fincas.

El relato trasciende, además, por las excelentes actuaciones del dúo protagónico (Sigurður Sigurjónsson hace un genial trabajo) que agregan gran humanidad a la obra, ambos son actores profesionales pero su verosímil con granjeros, que también aparecen en la película, es notable y el mérito del director a la hora de filmar a las propias ovejas que, según sus palabras, fueron elegidas luego de un riguroso casting de rebaños. La sencilla historia logra alcanzar un curioso equilibrio entre el drama y la comedia. Esa sencillez, empero, al carecer de otros personajes y otras sub tramas opera en contra del final pues lleva hacia una aporía que, sin embargo, el guionista resuelve con eficacia de forma magnífica.

La nieve, capital en un paisaje como el islandés, es otro elemento dramático muy bien utilizado y tiene una progresión dramática a los largo de la narración resaltada por la gran fotografía de Sturla Brandth Grøvlen, otro de los profesionales ya ganado por Hollywood.

El filme es conmovedor y nos acerca a una geografía y una sociedad que si bien nos resultan ajenas, por alguna razón nos cautivan y conmueven por acercarnos a la animalidad de todos nosotros y a nuestra unánime pequeñez.

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