Un testimonio más

Por esos años teníamos un equipo de fútbol, se llamaba Bahía Blanca -por el tango- y jugábamos un torneo en el barrio de San Martín. Nos entrenábamos dos veces por semana y los finde era el partido. Llamé al wing para pasarlo a buscar, íbamos siempre juntos a la cancha, la madre muy preocupada me dijo que no había dormido en su casa. Cuando llegué a San Martín nos faltaban cuatro jugadores -lo que nunca- porque íbamos primeros e invictos. Igual jugamos con siete y perdimos 4 a 0, ¡con cuatro jugadores menos!

Yo era el mayor, ya estaba casado y vivía en un departamento interno de 30 m2 en Palermo y mi preocupación eran las expensas, el alquiler y el laburo, mucho me había costado recibirme. Sabía que dos de los pibes que no vinieron a jugar trabajaban en una organización barrial en una villa relacionada con el Obispo Jaime De Nevares a quien conocí en la colimba, nunca lo llamé Don Jaime, siempre padrecito. Él estaba justo en San Miguel, en la reunión de Obispos y lo fui a ver. Hizo un par de llamadas, mientras jugaba con un palito y una arañita en el pasto, a un Edecán del Regimiento 1. Me dijo que se habían chupado a los dos pibes y a los otros dos por la agenda. Me aconsejó que me fuera cuanto antes del país. Yo no estaba en nada de nada pero tenía dos cuestiones insalvables: mi nombre en la agenda de uno de ellos y, el peor, era amigo de mi padrecito. Esa misma noche me fui a Carmelo con mi mujer y luego a Salto (Uruguay) en donde conseguí trabajo como arquitecto.

Uno de los relatos del libro Nunca Más:

«… al sentir las primeras contracciones fue descendida al sótano de la ESMA donde estaban ubicadas la sala de tortura y la enfermería. En medio de su desesperación y sus gritos nace una niña. Inmediatamente la madre es conducida a su pieza donde se encontraba otra detenida que diera a luz un varón dos días antes. Ambas madres fueron trasladadas sin sus hijos por personal del III Cuerpo de Ejército. A las pocas horas de haber sido llevadas sus madres, los niños fueron retirados por el suboficial conocido como “Pedro Bolita». Hasta la fecha no han vuelto a tenerse noticias ni de las madres ni de sus niños …”

Al poco tiempo de aquellos hechos nació mi hija. Todos los pibes que colaboraban con De Nevares en las villas o con los mapuches fueron muertos o desaparecidos. De mis cuatro amigos sólo uno apareció años después. La Catedral de Neuquén fue baleada muchas veces. Poco antes de morir todo el pueblo de Neuquén festejó en una Misa inolvidable a Don Jaime, mi padrecito, en una Catedral colmada cantándole el feliz cumpleaños. Nunca Más pude patear una pelota de fútbol.

Edgardo Martínez

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Raul Avila